Consecuencias de la esquizofrenia

Pacientes esquizofrénicos sin hogar

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La prevalencia de esquizofrenia entre los pacientes sin hogar varía, según los estudios y los contextos, de un 2 a un 43%; en España varía de un 18 a un 26%.

Entre los pacientes con esquizofrenia, los factores de riesgo de quedarse sin hogar después del alta hospitalaria pueden ser, según un estudio longitudinal: comorbilidad con trastorno por uso de sustancias, persistencia de síntomas psiquiátricos -por ejemplo, BPRS > 40- y función global disminuida -por ejemplo, GAS < 43- (nivel de evidencia científica III).

No sería razonable pensar que los problemas de los pacientes con esquizofrenia sin hogar pueden ser solucionados exclusivamente desde los servicios de salud mental. Sin embargo, los profesionales de salud mental pueden detectar los pacientes con alto riesgo de quedarse sin hogar y actuar de manera preventiva interviniendo sobre los factores de riesgo conocidos.

Se recomienda hacer un seguimiento de los pacientes después del alta hospita­laria y prestar especial atención a la comorbilidad por uso de sustancias, a los síntomas psiquiátricos y a la función global para prevenir el riesgo de que se queden sin hogar.

En cuanto a la asistencia clínica de los pacientes sin hogar, aunque no existe suficien­te evidencia científica que evalúe la eficacia de las intervenciones, y a la espera de que se lleven a cabo los estudios pertinentes, se recoge en esta GPC lo esgrimido anteriormente por otros estudios.

Para los pacientes sin hogar y con esquizofrenia se recomiendan tratamiento y apo­yo en la transición a la vivienda.

Fuente: http://www.fundacion-salto.org/Guiasclinicas/Esquizofrenia.pdf

Conducta violenta en la esquizofrenia

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La conducta violenta puede aparecer en los pacientes con esquizofrenia y su incidencia varía en función del carácter más o menos agudo o grave de la psicosis. Los factores de riesgo generales son: antecedentes de detenciones previas, uso de sustancias, presencia de alucinaciones, delirios o conductas extrañas, deterioro neurológico, sexo masculino, clase socioeconómica baja, escasos estudios y soltería.

La identificación de los factores de riesgo para la violencia y las ideas violentas forma parte de la evaluación psiquiátrica estándar. En una valoración de un paciente que puede ser violento es esencial el empleo de precauciones de seguridad (personal adicional). Si un paciente plantea una amenaza grave para otras personas, el psiquiatra debe utilizar su propio criterio, en consonancia con las exigencias legales, para proteger a esas personas de un daño previsible. En los pacientes en los que existe un riesgo inminente de conducta violenta debe realizarse una evaluación para una posible hospitalización y, si está indicado, tomar precauciones al ingreso.

El tratamiento de la agresión puede realizarse a menudo con tratamiento conductual y mantenimiento en ámbito restringido. La medicación antipsicótica es el eje del trata­miento, pero también se ha descrito la utilidad de anticonvulsivantes, litio y propanolol a dosis altas, así como un posible efecto favorable de clozapina.

El tratamiento de urgencia de la violencia en la esquizofrenia puede incluir la se­dación (con benzodiacepinas como el diacepam a dosis de 10-20 mg intramuscular, o combinada con haloperidol 5 mg intramuscular), y un entorno con restricciones. La utili­zación de un entorno con restricciones debe ser una medida de urgencia aplicable cuando han fracasado otras menos restrictivas, y el paciente deberá ser visitado con la frecuencia necesaria para mantener la vigilancia adecuada a los cambios del estado físico o mental. La finalización de las restricciones puede ser gradual a medida que disminuye el riesgo de auto o heteroagresividad.

Según normas éticas, las medidas de restricciones sólo pueden ser aplicadas si deri­van de un plan terapéutico y se cumplen los siguientes criterios:

-Una indicación clínica individualizada y limitada en el tiempo.

-Una necesidad expresa de orden médica previa. En una situación de urgencia y en el caso de que enfermería emprenda alguna acción, se debe comunicar lo más rápi­do posible al médico de referencia para que dé su aprobación.

-Un carácter de excepcionalidad y con finalidad exclusivamente terapéutica, que se sustenta en el principio del beneficio de la persona.

-La medida anterior debe ser razonablemente efectiva y debe aportar muy clara­- mente más beneficios que riesgos.

-No hay unas formas alternativas menos restrictivas para ofrecer a la persona el tratamiento que requiere.

-En ningún caso se podrán emplear como castigo o forma de control.

-En ningún caso no deben responder a razones extraclínicas, como por ejemplo para paliar una falta de personal.

-Las acciones se deben realizar por personal sanitario con nivel de conocimiento y formación suficientes.

-Al paciente se le tiene que facilitar una cuidada información previa, procurando en la medida de lo posible que dé el consentimiento. Se informará también a la familia y, a la vez, se intentará obtener su colaboración en el proceso de tratamiento.

-Las acciones se realizarán siempre tratando al paciente con la máxima dignidad y respeto, y vigilando la garantía de sus derechos constitucionales.

-La restricción debe basarse siempre en una disminución de la competencia mental del paciente debida a su estado psicopatológico. No es aceptable la idea de que se hace «por su beneficio» si su conducta es responsable y el paciente es competente.

-Las medidas restrictivas indicadas tienen que constar siempre en las órdenes médi­cas de la historia clínica.

Fuente: http://www.fundacion-salto.org/Guiasclinicas/Esquizofrenia.pdf

Esquizofrenia y suicidio

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El suicidio es la primera causa de muerte prematura entre los pacientes con esquizofrenia. En comparación con la población general, la probabilidad de que las personas con esqui­zofrenia mueran por suicidio es nueve veces más elevada. Hasta el 30% de los pacientes con esquizofrenia lleva alguna tentativa de suicidio y entre el 4 y el 10% muere tras la tentativa. El porcentaje estimado de conducta suicida entre las personas con esquizofrenia oscila entre el 20 y el 40%.

Los conocimientos de los factores de riesgo de suicidio asociados a la esquizofrenia son limitados. Algunos de ellos son comunes a los de la población general: sexo mascu­lino, raza blanca, soltería, aislamiento social, depresión o desesperanza, falta de empleo, dependencia de sustancias, pérdidas recientes, y antecedentes personales y/o familiares de intentos de suicidio.

Otros factores de riesgo específicos son, por un lado, la juventud, con una media de edad de 33 años, mientras que en la población general el mayor riesgo se sitúa después de los 65 años; y por otro, encontrarse en los seis primeros años siguientes a la hospitalización inicial, tener un coeficiente intelectual elevado, un curso crónico y con un deterioro pro­gresivo con exacerbaciones, o una percepción de la pérdida de capacidades funcionales. Otros factores de riesgo adicionales son la presencia de ideas suicidas, las alucinaciones auditivas y el alta reciente del hospital.

Se recomienda aumentar la frecuencia de las visitas ambulatorias en pacientes con alta reciente del hospital, ya que constituye un período de vulnerabilidad del paciente.

Es posible que el mayor riesgo de suicidio en la esquizofrenia se produzca en la fase de remisión. La sintomatología depresiva asociada se caracteriza principalmente por des­esperanza, empobrecimiento y deterioro cognitivo, más que por síntomas diagnosticables como depresión mayor.

Muchos pacientes presentan uno o varios de estos factores de riesgo, pero no se sui­cidan ni intentan suicidarse, mientras que otros pueden hacerlo de manera inesperada sin que existan indicios previos de riesgo importante. No es posible predecir si un paciente concreto se quitará la vida.

Generalmente, los suicidios tempranos coinciden con una clara conciencia de enfer­medad incapacitante y tras la remisión de la sintomatología aguda. Los suicidios de apa­rición tardía coinciden con un deterioro especialmente social; generalmente son suicidios premeditados aunque pueden estar precipitados por algún acontecimiento estresante.

Una parte importante de los suicidios de pacientes con esquizofrenia se producen durante un período de remisión después de cinco a diez años de enfermedad, como reflejo al parecer de una percepción de desespero respecto a su propia patología que puede apa­recer sin ningún signo de alarma. Los familiares deben conocer esta posibilidad. Incluso con la mejor de las asistencias posibles, una parte de los pacientes con esquizofrenia es probable que fallezcan por suicidio.

No obstante, es esencial evaluar el riesgo de suicidio inicialmente y de manera regular como parte de la evaluación psiquiátrica del paciente. Las ideas suicidas o las amenazas de suicidio deben evaluarse en el contexto de la historia clínica del paciente proporcionada por él mismo y por los familiares y el terapeuta actual, si ello es posible.

Algunos datos indican que tanto los antipsicóticos de primera generación como los de segunda pueden disminuir el riesgo de suicidio. No obstante, la clozapina es el que se ha estudiado con mayor profundidad, y se ha demostrado que reduce los porcentajes de suicidio y el comportamiento suicida persistente (nivel de evidencia científica Ib).

Durante una hospitalización, es imprescindible adoptar precauciones para evitar el suicidio y controlar estrictamente a los pacientes suicidas.

Los pacientes en los que se considera que existe un riesgo elevado de suicidio de­ben ser hospitalizados, y deben aplicarse las precauciones necesarias para evitarlo. Es importante optimizar el tratamiento farmacológico de la psicosis y la depresión, y abordar la tendencia suicida del paciente de manera directa, con un enfoque de empatía y apoyo. Debe haber una estrecha vigilancia de los pacientes vulnerables durante los períodos de crisis personal, modificaciones del entorno o períodos de dificultad o depresión durante el curso de la enfermedad.

Un metanálisis de cuatro ensayos clínicos aleatorizados, ya comentado en el apar­tado de Modalidades de atención y seguimiento intensivo en la comunidad de esta GPC, evaluó la efectividad de los equipos comunitarios de salud mental frente a la asistencia convencional en el tratamiento de cualquier tipo de enfermedad mental grave. Uno de los resultados analizados fue el suicidio. Los resultados indicaron que el tratamiento con equipos comunitarios es superior en cuanto a una mayor aceptación del tratamiento, en la reducción de ingresos hospitalarios y en la evitación de muertes por suicidio (nivel de evidencia científica Ia).

Se recomienda el tratamiento en equipos de salud mental comunitaria para los trastornos mentales graves para la reducción de las muertes por suicidio.

En el momento del alta, debe aconsejarse al paciente y a sus familiares que se man­tengan alerta para detectar los signos de aviso e inicien medidas de prevención si se repiten las ideas suicidas.

Cuando un paciente ha sido dado de alta recientemente, se recomienda que siga las visitas ambulatorias con mayor frecuencia. Es posible que deba aumentarse el número de visitas cuando sufra crisis personales, cambios significativos en el en­torno, aumentos del malestar o depresión que se agudiza durante el curso de su enfermedad.

Fuente: http://www.fundacion-salto.org/Guiasclinicas/Esquizofrenia.pdf

Estigma y discriminación en casos de esquizofrenia

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El estigma es el prejuicio que predispone a actitudes negativas hacia la persona con trastorno mental. Implica un conjunto de creencias erróneas, actitudes de rechazo social, temor y acciones excluyentes que dificultan los procesos de recuperación y aumentan el riesgo de exclusión social y de discriminación. Esta actitud aparece también entre los familiares (que a su vez la sufren), los profesionales y los mismos afectados (autoestigma). La tendencia a la negación de que se pueda padecer una enfermedad mental suele propiciar el rechazo a la petición de ayuda profesional y, en consecuencia, retraso en la detección, el diagnóstico y el inicio del tratamiento.

Los estereotipos más frecuentes son: peligrosidad y relación con actos violentos, responsabilidad sobre la enfermedad, incompetencia e incapacidad para tareas básicas de la vida, impredecibilidad de sus reacciones y falta de control. El estigma se mantiene por el desconocimiento y por creencias y prejuicios muy arraigados en la población, por lo que conlleva una fuerte resistencia a la argumentación lógica. Los medios de comunicación pueden contribuir poderosamente a su mantenimiento o bien a contrarrestar la dimensión del problema.

Las personas con enfermedad mental tienen numerosas experiencias de rechazo, especialmente en el ámbito laboral, de los amigos y de la familia: el 44% informa haber experimentado discriminación en el área laboral, el 43% en las relaciones con los amigos y el 32% con los vecinos. El 37% de los enfermos mentales ha vivido experiencias de discriminación dentro de su propia familia.

La percepción de estigma se ve incrementada cuando se asocia con otras variables como raza o sexo.

La experiencia de acoso verbal resulta más frecuente entre personas con enfermedad mental (41%) que entre la población general (15%).

Hay datos favorables en cuanto a eficacia en reducción de la estigmatización de campañas educativas a escala local, de campañas con segmentación de la audiencia y de campañas que aumentan el contacto con los afectados, ya que el conocimiento personal de la enfermedad mental se asocia con una mayor tolerancia. Sin embargo, no se han encontrado estudios sobre iniciativas para reducir la estigmatización y la discriminación ligadas al trastorno mental, que permitan elaborar recomendaciones bien fundamentadas.

Muchas intervenciones tienen un carácter muy local y por ello poco generalizable. Siguiendo el documento de consenso de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, se sugiere establecer, de acuerdo con las pruebas disponibles, las intervenciones más efectivas para fomentar la integración y reducir el estigma de las personas con enfermedades mentales, que puedan dirigirse a profesionales de la salud, de la comunicación, de la educación y escolares, empresarios y agentes sociales, policía local y cuerpos de seguridad, asociaciones de personas con trastornos mentales y sus familiares, y proponer formatos de formación al respecto para estos distintos grupos.

Fuente: http://www.fundacion-salto.org/Guiasclinicas/Esquizofrenia.pdf

Modalidades de atención y seguimiento intensivo en la comunidad y la esquizofrenia

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A partir de los años setenta y de los procesos de reforma psiquiátrica, la atención a las personas con trastorno mental grave se desplaza de los antiguos hospitales psiquiátricos a la comunidad con el fin de conseguir la igualdad de derechos civiles y su inclusión social.

Ello ha hecho que en los últimos 40 años se hayan desarrollado diferentes modalida­des de atención en la comunidadi, desde los equipos de salud mental comunitarios hasta otras modalidades de atención y seguimiento intensivo en la comunidad de carácter más específico, como la gestión de casos (GC) y el tratamiento asertivo comunitario (TAC) analizados por Burns en Community mental health teams.

Fuente: http://www.fundacion-salto.org/Guiasclinicas/Esquizofrenia.pdf

Recursos de vivienda y la esquizofrenia

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En nuestro modelo social, se reconocen tres aspectos básicos para afirmar que una per­sona está plenamente integrada: vivienda, trabajo y ocio. Dentro de esta triple base, la vivienda es:

- el punto de partida de la integración en tanto que la persona siente que pertenece y se identifica con la comunidad donde vive.

- salvaguardia de la privacidad

- objetivos de rehabilitación psicosocial.

Para dar respuesta a la necesidad de un lugar para vivir a las personas con esquizofre­nia existen diferentes recursos. Esta diversidad debe adaptarse a los distintos momentos y necesidades de soporte que precisa la persona, teniendo en cuenta las condiciones socioeconómicas, capacidades y nivel de autonomía en la realización de las AVD:

Vivienda autónoma:

Es la modalidad más autónoma posible en la que una persona, sola o en compañía, convive en una vivienda, de alquiler o de otras modalidades, en plena autonomía y sólo con un seguimiento individualizado desde recursos externos, pudiéndose benefi­ciar de determinadas ayudas como las económicas o los apoyos ofrecidos por los equi­pos de atención social comunitarios. En esta modalidad es necesario que las personas se encuentren en procesos avanzados de integración social, y con un uso suficiente­mente normalizado del espacio comunitario.

Ayuda domiciliaria:

Intervención en el domicilio y en el entorno del paciente que vive solo o en familia, por parte de un equipo profesional que proporciona un apoyo a la organización do­méstica, cuidados básicos de la salud y de la imagen corporal, y mejoría en la adap­tación a la comunidad. Esta intervención tiene tres funciones básicas: educativa, pre­ventiva y asistencial.

Hogar supervisado/piso protegido/piso tutelado:

Una vivienda de cuatro a seis plazas situada en el seno de la comunidad, que cuenta con un equipo de profesionales que ofrece apoyo y supervisión en el funcionamiento doméstico, la convivencia diaria y la integración en el entorno comunitario. Respecto a la organización interna del piso, se promueve la autogestión del grupo de personas que en él residan y se pretende mantener un ambiente familiar y lo más normalizado posible.

Residencia:

Es un dispositivo, de número de plazas variable (entre 15 y 40), que ofrece un marco residencial flexible y de diferente duración, que proporciona diferentes respuestas a personas con trastorno mental grave (puede ser lugar donde vivir, lugar de rehabilita­ción o apoyo en situaciones concretas). Tiene el apoyo de un equipo multidisciplinar que ofrece asistencia las 24 horas del día, y que incluye un programa de atención a las AVD, servicio de comedor, lavandería y organización del tiempo libre; con los objeti­vos de integración social, normalización y desarrollo de la autonomía. Son diferentes de las modalidades de residencias asistidas, con más apoyo sanitario continuado.

En cualquier caso, se considera importante priorizar la permanencia en el domicilio, según las posibilidades de la persona, garantizando las medidas de apoyo necesarias, por encima de otros recursos de vivienda más restrictivos.

Fuente: http://www.fundacion-salto.org/Guiasclinicas/Esquizofrenia.pdf

Síndrome metabólico como efecto de los antipsicóticos de segunda generación

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Se denomina síndrome metabólico al conjunto de obesidad, hiperglucemia e hipertrigliceridemia, normalmente asociado a resistencia a la insulina. Estos factores pueden conducir a cardiopatía isquémica, diabetes y enfermedades por sobrepeso. El síndrome metabólico para ser diagnosticado como tal debe cumplir tres de las siguientes alteraciones: a) obesidad abdominal (perímetro abdominal > 102 cm en varones y > 88 cm. en mujeres), b) hipertrigliceridemia (triglicéridos sericos > = 150 mg/dl), c) concentración baja de colesterol unido a lipoproteínas de alta densidad (HDLc < 40 mg/dl en varones y < 50 mg/dl en mujeres), d) presión arterial elevada (130/85 mmHg) o e) glicemia en ayunas elevada (110 mg/dl).

Se ha documentado que algunos antipsicóticos de segunda generación, especialmente clozapina y olanzapina, provocan aumentos de peso significativos y en algún caso riesgo de diabetes, que es de por sí mayor en esquizofrénicos que en la población general, con la posibilidad de factores de riesgo previos al tratamiento antipsicótico.

Todo ello hace altamente aconsejable la realización de controles físicos: Tensión arterial, glicemias, perímetro abdominal y determinaciones de colesterol y triglicéridos en sangre de forma periódica.

Los efectos anticolinérgicos sedantes, hipotensores y el aumento de peso son frecuentes con todos los antipsicóticos atípicos. La clozapina se asocia a una elevada incidencia de efectos anticolinérgicos y sedantes, y puede producir convulsiones y agranulocitosis. La clozapina y la olanzapina producen más aumento de peso e hiperglucemia, la risperidona tiene más efectos extrapiramidales y produce más aumento de prolactina y quizá alargamiento del QT, y la quetiapina y el sertindol podrían alargar más el intervalo QT.

Por otro lado, un estudio retrospectivo, ha advertido que el alargamiento del intervalo  QT y la muerte súbita de origen cardíaco pueden ser producidas tanto por los antipsicóticos típicos como por los atípicos, y tienen relación con las dosis.

La incidencia del alargamiento del intervalo QT según los resultados del ensayo clínico CATIE (Clinical Antipsychotic Trials of Intervention) sería aproximadamente del 3%, y la de la muerte súbita en  pacientes tratados con antipsicóticos sería, según este nuevo estudio, del 3 por 1.000.

Fuente: http://www.fundacion-salto.org/Guiasclinicas/Esquizofrenia.pdf

Antipsicóticos de segunda generación contra la esquizofrenia

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En la actualidad están autorizados en el Estado español los siguientes antipsicóticos de segunda generación: clozapina, risperidona, olanzapina, paliperidona, sertindol, quetiapina,  ziprasidona, amisulpride y aripiprazol.

En este apartado se ha procedido a describir cada uno de los antipsicóticos de segunda generación. Asimismo, se han incluido las pautas de posología que se recogen en  la GPT (tabla 6, anexo 2), así como un cuadro comparativo de intervalos de posología habitual para adultos según recomendaciones de la GPT, las GPC de la APA y la CPG, las recomendadas por la WFSBP y PORT40 y, finalmente, las de dos publicaciones de consulta en el ámbito español: RTM-III y el libro de Chinchilla.

En lo referente a los efectos adversos de los antipsicóticos atípicos (EAAA) la GPT  recoge que comprenden el aumento de peso, los mareos, la hipotensión postural (sobre  todo, durante el ajuste inicial de la dosis) que puede asociarse con síncope o taquicardia  reflejos de algunos pacientes, los síntomas extrapiramidales (en general, leves y pasajeros,  que responden al descenso de la dosis o a un antimuscarínico) y, a veces, la discinesia tardía tras el tratamiento prolongado (hay que suspender la medicación cuando aparezcan los primeros signos). La hiperglucemia y, en ocasiones, la diabetes pueden ocurrir, sobre todo con la clozapina y la olanzapina; la monitorización del peso y de la glucosa plasmática permite detectar la hiperglucemia. Rara vez se ha descrito el síndrome neuroléptico maligno.

Fuente: http://www.fundacion-salto.org/Guiasclinicas/Esquizofrenia.pdf

Otros efectos adversos de la esquizofrenia

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Convulsiones: Los antipsicóticos de primera generación pueden reducir el umbral de convulsión y originar la aparición de convulsiones tonicoclónicas generalizadas. La baja potencia de estos antipsicóticos se asocia con un riesgo mayor. En el caso de los antipsi­cóticos de baja potencia, la frecuencia de las convulsiones se relaciona con las dosis, y las dosis más altas están asociadas a un riesgo mayor. A las dosis habituales, el porcentaje de convulsiones es inferior al 1%, aunque en el caso de los pacientes con antecedentes de convulsiones idiopáticas o inducidas por la medicación el riesgo es más elevado.

Efectos alérgicos y dermatológicos: Las reacciones alérgicas cutáneas son bastante frecuentes con los antipsicóticos de primera generación. Para remitir estos síntomas suele ser eficaz interrumpir el tratamiento farmacológico o administrar un antihistamínico.

Efectos hepáticos: Con este tipo de medicamentos también se produce elevación de la concentración de las enzimas hepáticas e ictericia colestásica. Se ha observado aparición de ictericia entre el 0,1 y el 0,5% de los pacientes que toman clorpromazina. Este efecto secundario suele producirse durante el primer mes tras el inicio del tratamiento, y generalmente requiere la interrupción de éste.

Efectos oftalmológicos: Pueden aparecer retinopatías pigmentarias y opacidades cor­neales con la administración crónica de medicamentos de baja potencia, como la clorpro­mazina, en particular en dosis altas (p. ej. más de 800 mg/día de tioridazina -ya retirada del mercado-). Por esta razón, los pacientes mantenidos con estos medicamentos deberían someterse a exámenes oftalmológicos periódicos.

Efectos hematológicos: La administración de medicamentos antipsicóticos puede causar efectos hematológicos, como la inhibición de la leucopoyesis. Este tipo de efectos incluye leucopenia benigna y agranulocitosis, que es más grave. La clorpromazina es la causante de la leucopenia benigna en más del 10% de los pacientes y de agranulocitosis en el 0,32% de ellos.

Efectos cardiovasculares: entre los efectos cardiovasculares destacan la hipotensión ortostática, la taquicardia y la prolongación del intervalo QT con haloperidol.

Aumento de peso: el incremento de peso se produce con la mayor parte de antipsicó­ticos; hasta un 40% de los pacientes tratados suben de peso.

Evitar el aumento de peso debería ser una prioridad, ya que muchos pacientes tienen dificultades para adelgazar. Cuando se observe que el afectado ha ganado peso, hay que señalarle la necesidad de ponerse a dieta y hacer ejercicio, o de derivarle a un dietista.

Efectos sobre la función sexual: La disfunción eréctil aparece en el 23-54% de los hombres. Otros efectos consisten en alteraciones en la eyaculación en el hombre y en pér­didas de la libido o anorgasmia en ambos sexos. Además, con determinados antipsicóticos se ha observado eyaculación retrógrada, debida probablemente a los efectos antiadrenér­gicos y antiserotoninérgicos. La reducción de la dosis o la interrupción del tratamiento normalmente conllevan una reducción o desaparición de los síntomas. Si no puede reducir la dosis ni es posible administrar un fármaco alternativo, puede recurrirse a la yohimbina o la ciproheptadina.

Fuente: http://www.fundacion-salto.org/Guiasclinicas/Esquizofrenia.pdf

Efectos anticolinérgicos y antiadrenérgicos de la esquizofrenia

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Los efectos adversos de los antipsicóticos de primera generación (y, en caso de admi­nistrarlos conjuntamente, junto con los efectos anticolinérgicos de los antiparkinso­nianos) pueden producir una variedad de efectos adversos periféricos, como sequedad de boca, visión borrosa, estreñimiento, taquicardia, retención urinaria y efectos termo­rreguladores. Los efectos adversos anticolinérgicos pueden aparecer en un 10-50% de los pacientes tratados. Cabe señalar que se han observado más efectos anticolinérgicos con el uso de clorpromazina que con el de haloperidol.

Aunque la mayor parte de efectos adversos anticolinérgicos son leves y tolerables, este tipo de efectos puede ser particularmente problemático en los pacientes de edad (p. ej. hombre de edad con hipertrofia prostática). Las condiciones de los efectos an­ticolinérgicos son graves sólo en muy pocos casos.

Los efectos anticolinérgicos son alteraciones del aprendizaje y la memoria, y un en­lentecimiento de la cognición. Los síntomas de toxicidad anticolinérgica son la confu­sión, el delirio, la somnolencia y las alucinaciones. Es más probable que estos síntomas aparezcan con fármacos cuyos efectos anticolinérgicos son más potentes, o debido a la administración de fármacos antiparkinsonianos anticolinérgicos, y también en pacien­tes ancianos o médicamente debilitados.

Fuente: http://www.fundacion-salto.org/Guiasclinicas/Esquizofrenia.pdf